Me, the dreamer

Publicado 29 enero, 2012 por Vanessa Puga

La muchacha empezó a escribir desde la tierna infancia porque soñaba mucho. Veía el mundo no sólo a través del cristal mágico de la infancia, sino desde un caleidoscopio único que algunas personas poseen: la tinta fluyendo por las venas al ritmo del palpitar agitado, cual corazón de colibrí, de un mundo mágico e inexplorado que debe ser escupido sobre las hojas antes de que la ilusión se desvanezca y quede en el pasado sin pena ni gloria.

Conforme fue creciendo fue aguzando el sentido para percibir mejor ese mundo surreal que yace enfrente de los ojos de todos los hombres que transitan el planeta, pero no todos pueden (o quieren ver). Alimentó su mente con muchas novelas, de aventura, de romance, de ficción, de fantasía. Tenía junto a su mesa de noche una libreta y una pluma y poco a poco fue desarrollando el fino arte de escribir cuando el golpe de inspiración la despertaba bruscamente: garabatear la idea con el rush de adrenalina, sin prender la luz para no despertar a su hermana. Al día siguiente revisaba esas visiones que entre sueños, cual imágenes febriles, tomaban posesión de su mente y la obligaban a escribir, para depurarlas de las incoherencias propias del sonámbulo y transformarlas en narraciones.

Fue haciéndose hábil tejedora de sueños y sus cuentos, en la prepa, se volvieron característicos. Sus amigos, los que la leían, sabían que todo parecía normal en sus relatos hasta llegar a la tercera línea en que el mundo se transfiguraba y nada era lo que parecía.  Muchos le auguraban la fama a través de las letras. Ella misma se la auguraba y soñaba con conocer a grandes literatos, codearse con los escritores que más la ilusionaban a través de sus letras. Construía muchos castillos entre metros y metros de papel garabateado. Poseía la curiosa habilidad de poder poner atención en clase al tiempo que garabateaba pedazos de historias, de poemas, pequeñas imágenes textuales. Siempre pegada a los libros, al papel, a la pluma.

Por azares de la vida y malas decisiones se alejó un poco del camino de la pluma. Sin embargo los momentos más infelices de su vida se veían sin duda ligados a la abstinencia de letras. Entre menos leía y menos escribía, más infeliz se sentía: menos soñaba. Estaba matando poco a poco esa luz característica en ella, ese vivir entre letras y sueños.

Años han pasado desde que retomó, con mayor brío las letras. Los sueños la vuelven a acosar con palabras susurradas al oído para escupirlas sobre el papel. Esculpe mundos con tinta. Crea sueños con letras. La lírica y la prosa con sus armas, filosas y agudas.

Tejedora de sueños. Soñadora profesional. Antaño amargada y desilusionada, hoy es la primera en poner nubes cual ladrillos. Ella es la chica que sonríe con picardía maquinando la nueva aventura arriesgada en pos de un mundo mejor, de éste o de aquel lado del papel (¿la pantalla?). Y si le preguntan quién es, ella sólo dirá “Yo soy Nerea, la soñadora”. Pues, a final de cuentas ¿qué vale una vida sin sueños e ilusiones?

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