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El celular de Hansel y Gretel

Publicado 24 abril, 2013 por Vanessa Puga

Para poder leer, debemos poseer cierto bagaje, ciertas referencias que enriquezcan el texto. Uno de los grandes “problemas” (así, entre comillas, ya explicaré después por qué) a los que se enfrentan los mediadores de la lectura con los niños posmodernos que parecen ser nativos digitales es que carecen de cierto bagaje y los cuentos clásicos no acaban de cuajar en sus mentes porque les cuesta imaginar esa realidad alterna, ese otro mundo que traza la Literatura. Bien, hay muchos asegunes a lo que acabo de decirles. Pero, para calentar la discusión, les quiero compartir el siguiente texto que encontré ayer de Hernán Casciari que plantea muy bien el debate:

Stones of imagination

El celular de Hansel y Gretel

Por Hernán Casciari

Anoche le contaba a mi hijita Nina un cuento infantil muy famoso, el de Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm.

En el momento más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un  sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer.

Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: ‘No importa. Que lo llamen al papá por el celular’.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años.

Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.
¿Ya está?
Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un  teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de  texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier  sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona para nada?

Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.
Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han  tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el  bolsillo de la camisa.

La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar,  se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler).

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:
M HGO LA MUERTA,
PERO NO TOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCS. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del Siglo XIV hubiera existido la promoción ‘Banda ancha móvil’ de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados.

La tecnología, por ejemplo, habría  desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría ‘Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia,
aureliano_goodmorning) pero a  nadie le funciona el Messenger.

La famosa novela de James M. Cain -‘El cartero llama dos veces’- escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ‘El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido con esposa infiel que descubre (leyendo el historial de chat de su  esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ‘Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra ‘El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre ‘quién es la mujer más bella del mundo’, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su  amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche Nina, sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá.
Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.

¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- ¿por qué? Por que nos hemos convertido en héroes ausentes y perezosos…

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El libro y el lector

Publicado 10 abril, 2013 por Vanessa Puga

Libros sin lector

Mucho se habla de la lectura y lo que se puede hacer para que la gente sea “más lectora”. Pululan las campañas promoviendo la lectura, hay eventos en los que los libros son los protagonistas y se busca que haya más espacios como bibliotecas o librerías, con precios más accesibles, para que las personas se acerquen a los libros. Lo cierto es que muchas veces, el grave problema es que cuando los promotores de la lectura están en sus afanes bibliofílicos se olvidan de la contraparte fundamental para la lectura: el lector.

La presentaciones de libros suelen ser aburridas: yo he podido aguantar muy pocas, pues por mucho que me interese el tema, suelen ser extensas laudes del autor y rara vez del contenido del libro. Se nos olvida a los promotores de la cultura que a la fuerza, ni los zapatos. Ya bien lo decía Borges:

“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo. Yo siempre aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen, que no lean un libro porque es famoso, moderno o antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y nos e puede obligar a nadie a ser feliz”.

Es cierto que no podemos obligar a la gente a leer con gusto y sin que sea “obligatorio” para la escuela o el trabajo, pero podemos irlos acercando poco a poco enseñándoles las maravillas de los libros, hablándole al lector por el lector, no por los libros. Es por ello que los promotores culturales deben recordar la contra parte fundamental de la lectura: el lector.

Leer es re-construir un texto, es darle vida y sentido. Por eso el lector es un elemento crucial, activo, interactivo y rápido. Resignifica el texto. Ni texto ni lector son estáticos. Ojo, no estoy hablando de inventar otra historia a la hora de leer, sino que cada quien le da un significado rellenando los espacios.

Y es que el texto no es la entidad última en el proceso de lectura, sino que es el lector. Se trata de una transacción permanente, donde el lector no es pasivo sino que construye el texto al leerlo. La competencia lectora se va construyendo continuamente, puesto que es un proceso vivencial, cuya principal experiencia es la de ir descubriendo elementos en todo el libro, no sólo en el texto sino en todo lo que lo rodea: portada, contraportada, guardas, espacios en blanco, todos ellos se vuelven elementos paratextuales que complementan a la lectura y la experiencia de la misma.  Además, la construcción de significados no proviene únicamente de la intención del autor sino de la motivación con la que el lector lo afronte.

Y además hay que recordar que siempre leer es compartir. Si bien es una actividad que inicia en solitario, no termina de completarse si no lo hemos compartido con alguien. ¿Les ha pasado? Leen un texto maravilloso que les causa mella y entonces quieren que más personas lo lean. Ese aspecto de la lectura es mucho más palpable ahora con las redes sociales y los botones de compartir que hay: ustedes leen algo que les gusta, les llama la atención, o incluso les disgusta, y lo comparten para que sus contactos también lo revisen. Van dándole significado a la lectura al leerla y comapartirla.

Es por ello que recordar que el lector es la contraparte fundamental del proceso de lectura es importante cuando se trata de acercar a la gente a la lectura. Hablemos a los lectores, hablemos de los lectores y con los lectores. ¿Qué posibilidades se les ocurren a ustedes?

Del habla callejera a la poesía

Publicado 10 abril, 2013 por Vanessa Puga

De todo se aprende y con todo podemos crear cosas nuevas y valiosas. Incluyendo al habla callejera y esas expresiones o modismos que suenan “nacos” o “chidos”. Para mayor explicación:

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Por: Elizabeth G. Frías

Si les dijera que el lenguaje callejero es más cercano a la poesía que el lenguaje formal, quizá creerían que estoy enloqueciendo. Es fácil aceptar que se trata de un lenguaje más vivo, más dinámico y tal vez hasta más sincero que el utilizado por escrito o en conversaciones rigurosas. Y es frecuente pensar que la poesía forma parte de esa esfera de asuntos serios y formales, lejos de las calles y su ajetreo diario.

Pero alguna vez G. K. Chesterton dijo: “All slang is metaphor, and all metaphor is poetry.” Muchas expresiones populares son directamente metáforas. En el mismo pasaje, Chesterton recuerda la expresión “romper el hielo” y evoca un paraje marino digno de un soneto, con el océano congelado en la oscuridad, pero que permite a los hombres convivir en la superficie.

La expresión es elocuente: Aristóteles la explicaría incluso como un argumento…

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